ALREDEDOR DE LA MESA VII°

II° Edición Virtual Internacional

La mesa de nuestros abuelos, en la Cocina Regional del MUHAM

Argentina

“En cada chacra había al menos uno o dos peones y nadie tenía reloj. Por eso, el trabajo era de sol a sol, desde la primera luz del alba hasta que la oscuridad llegaba. Claro que no era horario de corrido, había dos pausas en la jornada, pausas que se dedicaban a la comida.

Apenas se levantaban, el desayuno del peón era medio liviano. Pero a media mañana venía “la marenda”, como le llamaban los patrones gringos queriendo decir “merienda”. Y allá iba el boyero o algún mozo de la casa a llevarles la comida al pie del arado. Como quien dice, comían en la oficina. Y esta comida sí que era abundante. Panceta, jamón, chorizo en grasa, “mondiola”, todos los productos de las carneradas invernales que se hacían en la chacra. Y con pan y mate cocido.

Al mediodía, venía el almuerzo en las casas. Comida siempre abundante para todos. Comida con la familia si el peón era uno solo, comida aparte si eran dos o más. Pero siempre la misma comida para peones y patrones.” (Cataldo, Máximo. “La historia que recuerdan los fogones”. Adelia María 2007)

Alimentar a la familia y al personal que las chacras necesitaban para resolver los trabajos rurales, significó cambios en la organización, en los utensilios y en los ingredientes de las comidas.

Se dejó de comer alrededor del fuego sólo carne y con cuchillo en mano, se incorporaron mesas, bancos, platos, cucharas y ollas.

La cocina era el lugar predominante de la casa en la cual se encontraban: la cocina a leña, el “aparador” (alacena) para guardar la rústica y exigua vajilla, la mesa, sobre la cual se comía y se amasaba y las sillas y bancos para asiento.

La dieta se volvió más completa, racional y económica. La alimentación fue modificándose junto con los cambios de las costumbres y la facilidad de las comunicaciones, la simplicidad del asado, cedió paso a una dieta más integral: guisos, pucheros, pastas y comidas “importadas” como las bagna cauda, la polenta y el risotto de origen italiano, la paella, el bacalao, los embutidos y las tortillas españolas.

Antes de sentarse a la mesa, la higiene se realizaba en lavatorios – palanganas sostenidas con armazones de hierro, instalados en el patio o en la galería de la cocina.

Así la cocina se fue transformando en el espacio que acuñó recuerdos, que tejió con hilos de memoria los días de trabajo en el campo. Hoy nuestros abuelos cuentan sobre sus infancias atravesadas por el trabajo duro de las tareas campestres, las tardes a pleno sol con el banquito a la cintura ordeñando las vacas a mano, cuidando animales, cerrando los corrales. La cocina en ese relato toma la importancia del recuerdo del pan casero al horno de barro, la cocina a leña que aseguraba el agua siempre caliente para el mate, los olores de la comida recién hecha, la mesa abundante de los guisos con productos de la huerta.

Presenta
Museo Histórico y Archivo de Adelia María “Lilia Denari” (MUHAM)
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